Estamos dominados por la palabra. Convertirse en escritor es tan difícil porque hacerlo significa someterla; ponerla a hablar de ti en lugar de dejarla hacer lo habitual que es: hablarte. Y para que la palabra hable de ti primero debe abandonar sus ideas propias y convertirse en instrumento; es decir, pasar de la posición dominante a la de dominado.

A este respecto hay toda una legalidad que debe ser, por decirlo de algún modo, «boicoteada». La sintáctica, la semántica, su legalidad intrínseca es toda ella un cúmulo de sus propias ideas, argumentos reservados para el funcionamiento de sí misma a través de los cuales ella nos habla y que, pensamos, sería lícito corromper. Es cierto… Aunque, después de todo, ¿qué otra cosa es la palabra sino las leyes que la conforman?

A decir verdad la palabra tiene otras ideas propias que es necesario revisar. Construcciones, proposiciones que la reservan para usos muy determinados. Al respecto de este punto cada escritor sabrá en dónde le aprieta el zapato. Aquello que fuera, debe ser en cada caso revisado y, si cupiera, puesto entre paréntesis. De otro modo uno se supone utilizando la palabra para hablar de uno mismo mientras nuestro interlocutor advierte que a todas luces es la palabra lo que no hace más que hablar de sí misma a través nuestro. Dicho de una manera simple: se suele decir lo que a lo largo de la historia la palabra se ha habituado a decir.

La palabra nos implica tan profundamente que un aspirante a escritor debe hacer esfuerzos denodados para expresar su más profundo ser, para ser original. La esencia del hablante está recubierta de palabra, tanto que la mayoría de las veces eso que creemos ver en nuestro interior no es a nosotros mismos sino a la palabra que dice cosas y en este punto repetiré la obviedad: que lo que cualquier artista cuyo objetivo sea escribir debe dominar es la palabra. Y de nuevo; esta no sólo como legalidad sintáctica y semántica sino también como un standard morfológico que condiciona al escritor tanto como las dos anteriores permitiendo o no ya no que se escriban sino que se piensen unas u otras cosas.

A mi criterio un escritor que domina la palabra pretenderá describir algo más que eventos forzadamente expuestos como consecutivos. Y para lograr este objetivo debe estar en condiciones de exhibir los lazos que animan el movimiento del ser humano; los hilos de lo social. Pero estos hilos son casi siempre palabra, y entonces vemos que la palabra es un contrincante digno; quizás demasiado digno para nosotros. Un contrincante que se sostiene a sí mismo yo, personalmente, diría que es un Titán.