INTUICIONES
Enero 7, 2008
Comencemos por definir qué es la abstracción. Intuyo que “es un aspecto de la razón abocado a corregir errores de percepción”. Esa es «una» de las cosas que intuyo acerca de la abstracción. Ahora veamos qué intenta decir mi intuición con tales palabras. Al mismo tiempo quisiera averiguar también si lo que se dice es cierto, puesto que, como sabe bien cualquier aspirante a filósofo, la intuición suele anidar entre nosotros, y con total naturalidad, erigirse en cuna de ideas perfectamente falsas. A un tiempo, la intuición se halla tan cercana a lo racional como a lo irracional y justamente por ello es irreemplazable. En el desarrollo teórico por ejemplo, en disciplinas como la ciencia, en filosofía, en la construcción poética y en general para toda ficción, incluso aquella que utilizamos a diario al “concluir que”, la intuición es la gran vía.
Como contrapartida, la intuición presenta también un lado negativo. Esto se advierte con bastante claridad en el celo excesivo, en esa suspicacia tan característica del celoso que asume a veces la forma de paranoia, la teoría de ser el centro en el circuito de las falsedades. Decimos, entonces, que en este caso la intuición no es positiva, o no funciona positivamente. Lo que intenta decir no siempre es necesariamente verdadero. Puede darse que la idea en que se basa una acción se impulse a través de meras sensaciones, impresiones, intuiciones de forma aunque sin contenido; en tal caso es posible observar como si ciertas ideas alcanzaran directamente el acto proyectadas desde la frontera entre la razón y el sistema emocional. Y así es.
De este modo, la intuición no es, por necesidad, verdadera en la realidad física (es decir tanto en tiempo como en espacio). Sólo decimos que podría serlo. Y aún así, comienzo esta serie de artículos sobre la escritura refiriéndome a ella pues de ella es que proviene todo cuanto puedo o (intuyo) podría llegar a escribir. Es decir, aquellos objetos que se presentan más caros a mi emoción de escritor son meramente intuitivos.
Ahora bien, otras veces la sensación o la impresión aciertan a atravesar la esfera de la palabra. Y cuando esto sucede esta sensación o impresión acaba moldeada, experimenta una transformación, adopta una forma poética. En adelante, no será exactamente lo que fue sino tan solo aquello que de ella es posible describir en palabras. Se trata éste del mismo proceso que auspicia el habla en los sueños, en la poesía, en fin, en todo acto de creación cuya materia sean las palabras. Me pregunto ¿de dónde proviene la intuición más útil; la que deviene palabra?, y la respuesta parece caer en torno a la «abstracción en sí» como una mariposa nocturna acaba cayendo en torno al fuego. Esta sería entonces el punto clave de lo que intuyo y que, a mí, particularmente, más interesa: aquellos impulsos emocionales que devienen palabra.
Antes siquiera de que pueda ser expresada, la sensación que tenemos debe atravesar una pre-formación, digámoslo así. Para alcanzar la palabra debe atravesar un aspecto de nuestra mente que defina su cualidad funcional básica: su forma. Todo cuanto alcanza la esfera de la palabra necesita, cuando menos, ser forma; aún esto que hablamos, lo que no parece tener representante en la realidad física debe, en algún momento, haberse visto incluido en el conjunto de lo morfológico. Antes siquiera de poderse nombrar con propiedad, aquello que sea debe cobrar forma. Y esto sucede en la abstracción. En este punto, diría que la abstracción es “la forma esencial” o “la lógica tras la forma”, el R.O.M de lo que es “forma”.
Volvamos a la proposición original: «La abstracción (la forma esencial, la lógica tras la forma) es un aspecto de la razón avocado a corregir errores en la percepción.»
La abstracción no parece plenamente aspecto de la razón. ¿Por qué? Pues porque uno no es razonable con las formas. Razonar con las formas sería uniformarlas. Si la gestión de la forma estuviese al servicio de la razón se trataría de una dinámica uniformadora y no lo es; es decir, no existe sólo una forma sino muchas. Así, al menos, es como tendemos a interpretarlas. Por lo tanto es esperable que la abstracción no sea un proceso del todo razonable. Básicamente a eso me refiero al decir que no somos capaces de “razonar con las formas”, que la forma tiene una contra parte Real que se halla por fuera de la razón. Que el mero hecho de esta multiplicidad de formas, el mero hecho de tener que lidiar con todas estas formas y no con sólo una, sugiere una independencia entre éstas y la razón. Intuyo entonces que la abstracción se ubica, por un lado, vecina a lo inconsciente y, por el otro, colindante con la razón que, de aquella, meramente se beneficia.
La pregunta obligada es ¿de qué modo se beneficia la razón con este intercambio? ¿Podría ser que esto fuese útil para “corregir errores en la percepción” tal como intenta decir mi intuición? Por ejemplo: cuando observamos y en base a ello razonamos acerca de los tamaños. Es normal que un objeto lejano se perciba más pequeño que uno cercano; aún en el caso en que el tamaño de aquel fuera objetivamente mayor, igual o menor que el de éste cercano. Para salvar tal obstáculo se requiere de una intuición. De este modo, la intuición de que el tamaño aparente puede ser engañoso echa a evolucionar hasta acabar conformando un gran cuerpo abstracto denominado: óptica. Y ésta dice que tal fenómeno se debe a las particularidades de nuestro sistema perceptivo. Algo que es vox populi: una cosa es lo que algo es y otra lo que parece.
Se necesita de un golpe de abstracción, incluso para arribar a las conclusiones que hoy consideramos más simples. La abstracción es esencial para superar aquella etapa del mero estímulo. Para comprender “de qué modo” lo que vemos de algo es análogo a lo que ese algo es. Ante nosotros emerge así la intuición de la imagen, un sistema de formas que además de percibir podemos leer.